El doctor Tim Smirnov cruzó las puertas de su residencia privada con el cansancio acumulado de un largo día. La casa, ubicada en las afueras de Irkutsk, estaba en silencio. Solo se escuchaba el crujido de sus zapatos sobre la madera. No vio venir el golpe.
Un impacto brutal en la nuca lo lanzó hacia adelante. El mundo se volvió negro antes de que pudiera emitir un sonido para cuando despertó, lo hizo con un dolor punzante en la cabeza rodeado de un olor húmedo y podrido que invadio sus fosas na