Irina resopló con frustración y miró el reloj. Andrei debía llegar en cualquier momento. Dejó el relicario sobre la mesa del comedor y fue a la cocina a preparar café. Necesitaba calmar sus nervios de alguna manera.
A varios kilómetros de allí, Andrei conducía su auto deportivo por las calles iluminadas de Moscú, seguido de cerca por sus escoltas. El joven no dejaba de pensar en la llamada de Irina.
“Creo que encontré algo que no encaja con la muerte de Alma.”
Aquello le daba mucha curiosida