Era principios de octubre y el aire de Moscú ya comenzaba a enfriarse. Las hojas de los árboles se teñían de tonos dorados y rojizos, Alma y Yuri estaban en una de las tiendas de novias más exclusivas del centro, rodeados de vestidos que parecían sacados de un sueño.
Dos meses habían pasado desde el cumpleaños de Nikolai.
—No.
Negó rotundamente el pelirrojo mientras observaba el vestido que Alma acababa de salir a modelar.
—¿No? —preguntó ella, confundida.
—Pareces una cortina cara.
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