—Anika… –murmuró Mikhail con su voz ronca.
Había dado varias vueltas por el pasillo antes de decidirse a acercarse. Comprendía que ella estuviera molesta, dolida, confundida. Viktoria había sido cruel y precisa en sus palabras, pero él no podía dejar las cosas así.
Tocó suavemente con los nudillos.
Silencio e indiferencia.
Giró el picaporte, pero la puerta estaba con seguro, Mikhail apoyó la frente contra la madera fría y cerró los ojos un instante.
—Anika, por favor… abre —nada del otro lado—,