Nikolai sujetó del cuello de la camisa al hombre designado a cuidar a Alma con una fuerza brutal. El guardia, un hombre corpulento de casi dos metros, palideció al instante y levantó las manos en señal de rendición.
—Por favor, señor Romanov… —suplicó, con la voz ahogada—. No fue mi culpa. La perdí de vista solo unos minutos.
Él apretó más el agarre, sus ojos grises más oscuro.
—Si algo le ocurre a ella en manos de los Sokolov —gruñó con voz baja y letal—, pagarás con tu vida. No solo la tu