Alma sintió la tensión en el aire, Calina Romanov seguía de pie junto a la piscina, con la espalda recta y la expresión gélida, mientras Svetlana repetía con inocencia infantil aquellas palabras que habían congelado el momento: “¡Alma será mi mamá!”.
Todos estaban en silencio, Alma entendió inmediatamente que aquello se estaba convirtiendo en un asunto familiar profundo, de esos que los Romanov resolvían con miradas afiladas y no era su deber intervenir.
Le sonrió a Svetlana.
—Voy a la cocina a