—Señorita Petrova, qué sorpresa.
Alma reconoció aquella voz de inmediato. Giró sobre sus talones y encontró a Aleksandr Sokolov de pie a pocos metros de ella.
Por un instante se sorprendió. No porque no pudiera estar allí, sino porque era la última persona que esperaba encontrar en un hospital un martes por la mañana.
—Señor Sokolov —saludó Alma con educación profesional—. No esperaba verlo aquí.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios del hombre.
—Podría decir exactamente lo mismo.
Alma cer