—Te queda bien mi ropa —dijo con sus ojos fijos en su rostro.
—No empieces.
—¿Qué? Es verdad.
Alma se acercó lentamente. Todavía tenía la cabeza pesada, pero el agua fría había despejado su mente.
—¿Te sientes mejor? —cuestión Nikolai al verla recorrer con su vista la habitación.
—Un poco.
—Bien.
—Tu familia debe pensar que estoy loca —se sentía muy avergonzada—. Dios.
—Mi familia está acostumbrada a cosas peores —habló sacándose la camisa, ya se había retirado los puntos hace días.
—