La mañana siguiente, Andrei corría sobre la cinta del gimnasio privado, con el pecho desnudo y el sudor corriendo por su espalda. Sus movimientos eran mecánicos, casi agresivos, como si intentara expulsar la tensión acumulada de la noche anterior.
Cada paso retumbaba en la sala amplia, acompañada por el zumbido constante de la máquina, Artem, su jefe de seguridad, se acercó con paso firme y una pequeña caja en las manos.
—Señor, esto es para usted —dijo extendiéndosela—. El relicario que la s