La luz de las antorchas temblaba contra las paredes del convento, convirtiendo a los santos arruinados en sombras burlonas.
La respiración de Catalina era superficial. Gabriel se aferraba a ella aún más fuerte, sus deditos clavándose en su camisón.
La pistola de Lucien no vacilaba, pero su mano temblaba, apenas.
—Camilla —gruñó—. ¿Qué es esto?
La sonrisa de la monja se ensanchó. Su hábito ya no era blanco —era ceniza y hollín, el dobladillo empapado en barro—. Alrededor de su cuello colgaba no