El aire crepitó. La mano de Lucien temblaba en la pistola —no de miedo, sino de una rabia que no podía apuntar contra ella.
Isa habló al fin. —No tenemos tiempo para esta pelea. Los soldados estarán aquí en diez minutos. Decidan: el convento o las calles.
Los ojos de Lucien ardían en los de Catalina. Ella sostuvo su mirada, sin pestañear, con Gabriel entre ambos como una línea que ninguno podía cruzar.
Al fin, Lucien habló, bajo, gutural. —Está bien. El convento. Pero si esto te mata, Catalina