El aire crepitó. La mano de Lucien temblaba en la pistola —no de miedo, sino de una rabia que no podía apuntar contra ella.
Isa habló al fin. —No tenemos tiempo para esta pelea. Los soldados estarán aquí en diez minutos. Decidan: el convento o las calles.
Los ojos de Lucien ardían en los de Catalina. Ella sostuvo su mirada, sin pestañear, con Gabriel entre ambos como una línea que ninguno podía cruzar.
Al fin, Lucien habló, bajo, gutural. —Está bien. El convento. Pero si esto te mata, Catalina —si tu fe en visiones te cuesta aunque sea un aliento—, quemaré hasta la última iglesia de esta ciudad.
Su respuesta fue un susurro. —Entonces no serás diferente de tu padre.
Las palabras quedaron suspendidas como humo.
Y entonces la puerta estalló con el sonido de disparos.
Las balas destrozaron la pared frontal de la panadería, el vidrio explotando en el aire como fuegos artificiales. El olor a pólvora llegó primero, agudo, asfixiante, espeso de humo.
Lucien empujó a Catalina hacia abajo. —¡Ag