PUNTO DE VISTA DE CATALINA
El tiempo pareció detenerse.
Catalina se quedó paralizada en el umbral, con Gabriel pesado en sus brazos, mirando al hombre que avanzaba hacia ellos.
Lucien, pero no Lucien.
Este hombre se movía de forma distinta. Sus hombros estaban demasiado rígidos, sus pasos demasiado medidos. Su rostro era inexpresivo y vacío, como si alguien hubiera vaciado todo lo que lo hacía humano y solo hubiera dejado la forma.
—Lucien —susurró ella.
No respondió. Solo siguió caminando. El arma en su mano no vaciló ni un instante. Permanecía apuntando directamente a su pecho.
Detrás de ella, Mateo alzó su propia arma.
—No lo hagas —dijo. Era una advertencia y una súplica—. No me obligues a esto.
Lucien no se detuvo.
—Retrocedan —les dijo Mateo a los demás—. Pónganse detrás de mí.
Pero no había adónde ir. El umbral era la única salida y Lucien se interponía entre ellos y cualquier otra ruta. La sala estaba vacía.
Estaban atrapados.
La mente de Catalina iba a mil por hora. Quería