El túnel devoró el grito de Catalina. Rebotó de vuelta en ecos deformes, como si las paredes de piedra mismas se burlaran de ella.
El cuerpecito de Gabriel aún temblaba en sus brazos. Sus labios se movían, pero las palabras no eran suyas.
—Catalina… hija… Estoy aquí…
La voz de su padre. La voz de Miguel. De la boca del niño.
—No —susurró, abrazándolo más fuerte—. No, no es real, no es…
Lucien la jaló hacia adelante. —No escuches. Sigue moviéndote.
Su propio rostro estaba pálido, la pistola afer