El túnel devoró el grito de Catalina. Rebotó de vuelta en ecos deformes, como si las paredes de piedra mismas se burlaran de ella.
El cuerpecito de Gabriel aún temblaba en sus brazos. Sus labios se movían, pero las palabras no eran suyas.
—Catalina… hija… Estoy aquí…
La voz de su padre. La voz de Miguel. De la boca del niño.
—No —susurró, abrazándolo más fuerte—. No, no es real, no es…
Lucien la jaló hacia adelante. —No escuches. Sigue moviéndote.
Su propio rostro estaba pálido, la pistola aferrada tan fuerte que sus nudillos sangraban blanco.
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El túnel era estrecho, tallado en tierra húmeda y piedra, el aire agrio de podredumbre. Sus pasos chapotearon en agua superficial. Detrás, el canto amortiguado de la Iglesia Negra pulsaba como un latido.
Isa murmuraba oraciones en voz baja, rápidas y desesperadas. Mateo escaneaba la oscuridad con su linterna, mandíbula tensa, dedo temblando cerca del gatillo.
Catalina no podía dejar de temblar. Presionó la cabeza de Gabriel contra su hombro,