—¡Despejen! ¡Necesitamos paso! ¡Código Rojo!
Las voces de los paramédicos eran urgentes, cortantes, perforando el zumbido residual que había dejado el caos en la Gran Sala.
Elena corría al lado de la camilla, con los pies descalzos —había perdido los tacones en algún momento de la conmoción— y el vestido de Alexander McQueen arruinado. La seda negra estaba empapada en sangre, pegándose a sus piernas como una segunda piel fría y viscosa.
Sobre la camilla, Diego Salazar era una figura pálida entr