El interior de la ambulancia era una cápsula de luz blanca cegadora y ruido ensordecedor, lanzada a ciento veinte kilómetros por hora a través de las arterias de Barcelona.
—¡La presión está bajando! ¡Sistólica en 80! —gritó el paramédico, un hombre joven con ojos cansados que se movía con una eficiencia frenética sobre el cuerpo de Diego—. ¡Pásame dos unidades de coloide, rápido!
Elena estaba encajada en un rincón, con las rodillas pegadas al pecho, ignorando la sangre que manchaba su vestido