La risa de Marcus Thorne era un sonido perfectamente modulado, diseñado para desarmar y humillar sin perder la elegancia. Resonaba a través de los altavoces de la Gran Sala, rebotando en las copas de cristal y en las joyas de los asistentes, convirtiendo el intento de revolución de Elena en un chiste de mal gusto.
—Llévensela —ordenó Thorne con un gesto despectivo de la mano, como quien espanta a una mosca molesta—. Y que el Dr. Arriaga le prepare una dosis doble. Parece que la "realidad" de mi