Cling, cling, cling.
El sonido nítido de una cucharilla de plata golpeando una copa de cristal de Baccarat cortó el murmullo de las quinientas personas más influyentes del continente.
La Gran Sala del Hotel W se sumió en un silencio reverencial. Las lámparas de araña atenuaron su intensidad, dejando solo un foco cenital, blanco y puro, iluminando el centro del escenario.
Marcus Thorne caminó hacia el podio de metacrilato transparente.
Se movía como un predicador moderno, irradiando carisma y po