El mundo explotó en blanco.
En el momento en que el chofer de la limusina abrió la puerta trasera frente a la entrada principal del Hotel W Barcelona, la realidad se disolvió en una tormenta estroboscópica.
Cientos de fotógrafos, apiñados tras las barreras de terciopelo rojo como una jauría hambrienta, dispararon sus flashes al unísono. El sonido era ensordecedor: un zumbido eléctrico mezclado con gritos frenéticos.
—¡Elena! ¡Elena, aquí!
—¡Carmen! ¡Una foto juntas!
—¡Señora Vargas, miren a la