El silencio cayó como una guillotina.
Sin advertencia, el zumbido de alta frecuencia se cortó. Las luces estroboscópicas se detuvieron, dejando paso a una iluminación blanca, fija y brutalmente brillante.
Elena, ovillada en la esquina más lejana de la celda, no se movió. Su cuerpo había aprendido a desconfiar del silencio. El silencio solía ser el preludio de algo peor: una nueva voz en su cabeza, una nueva droga en sus venas, o la oscuridad total.
Se tapó la cara con las manos, temblando, espe