Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad.
El universo se había reducido a un ritmo binario y violento.
No había segundos, ni minutos, ni horas. Solo existía el intervalo de la lámpara estroboscópica instalada en el techo. Un destello de magnesio blanco que quemaba la retina, seguido de una negrura absoluta que duraba una fracción de segundo, solo para ser destrozada de nuevo por el blanco.
Flash. Negro. Flash. Negro.
Elena estaba ovillada en el suelo de resina, con las manos apretadas con