Treinta y seis horas.
Ese era el tiempo que Elena Vargas llevaba sin mover un solo músculo voluntario.
Estaba tendida en el suelo de resina blanca, en posición fetal, con la mejilla aplastada contra el material frío. Sus ojos estaban abiertos, fijos en un punto arbitrario de la pared acolchada, secos y vidriosos. No parpadeaba. Solo una lágrima refleja, producida por la irritación de la córnea, rodaba ocasionalmente por su nariz.
Para las cámaras en el techo, era un cadáver que respiraba.
Para