Veintisiete céntimos. Treinta y dos. Cuarenta.
Rafael tenía la mano sumergida hasta la muñeca en el agua helada y sucia de la fuente ornamental de la Plaza Real. Sus dedos, entumecidos y enrojecidos por el frío, buscaban a tientas entre el verdín y la basura las monedas que los turistas arrojaban pidiendo deseos estúpidos.
Sacó un puñado de cieno. Brilló una moneda de un euro. Un tesoro.
—¿Ya tenemos suficiente? —preguntó una vocecita a su espalda.
Rafael se giró, secándose la mano mojada en su