El mundo se veía diferente a través de la rejilla metálica de una ventana blindada. Se veía fragmentado. Roto.
Elena estaba sentada en el asiento trasero de la patrulla. Las esposas le mordían las muñecas detrás de la espalda, enviando calambres de dolor a sus hombros, pero el dolor físico era un ruido de fondo lejano.
El sedante que le habían inyectado en la cabaña no la había dormido del todo; la había dejado en un estado de flotación, una parálisis lúcida donde su cuerpo pesaba toneladas per