La niebla se había cerrado sobre el Sector San Rafael como una mortaja húmeda. Elena guardó el disco duro en el bolsillo interior de su chaqueta, asegurándose de cerrar la cremallera. Notó el peso del pequeño dispositivo contra sus costillas. Era un peso reconfortante. Era la bala de plata.
Diego seguía allí, parado junto a la tumba del ángel sin cabeza, mirándose las manos. Parecía un hombre que acababa de firmar su propio testamento.
—Vete, Diego —susurró Elena—. Antes de que cambies de opini