El silencio en la cabaña de Doña Luisa ya no era un refugio. Era una tumba.
Habían regresado arrastrándose, cubiertos de barro, sangre y fracaso. Elena estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la estufa fría, mirando sus manos vacías. Manos que habían sostenido la verdad y la habían dejado caer por una alcantarilla.
Rafael estaba en la mesa, con la cabeza entre los brazos, dormido o desmayado por el agotamiento. Doña Luisa limpiaba las heridas de Elena con un trapo húmedo, murm