—¡Agárrense!
El grito de Rafael fue la única advertencia.
El volante giró violentamente hacia la derecha. Las ruedas del sedán chirriaron sobre el asfalto mojado, perdiendo tracción por un segundo eterno antes de morder la grava del arcén.
El coche salió disparado de la carretera comarcal, rompiendo una valla de madera podrida, y se precipitó hacia la oscuridad debajo del enorme paso elevado de la autopista A-2.
Elena abrazó a Mía, protegiendo la cabeza de la niña con su pecho, preparándose par