¡WOOOOP! ¡WOOOOP! ¡WOOOOP!
El sonido de la alarma no se oía; se sentía. Era una vibración física que sacudía los empastes de los dientes y convertía los huesos en gelatina.
La sala de servidores, antes un templo de silencio blanco y frío, se había transformado en el interior de una arteria enferma. Las luces estroboscópicas rojas giraban en el techo, bañando todo —las máquinas, el suelo, la cara pálida de Rafael— en un color sangre intermitente y nauseabundo.
—¡Están cerrando el sector! —gritó