Los dedos del guardia de seguridad no eran manos. Eran cepos de acero hidráulico.
Se clavaban en la carne blanda de los antebrazos de Elena, cortando la circulación, dejando marcas que mañana serían moretones violetas. Pero el dolor físico era un susurro comparado con el grito ensordecedor de la humillación pública.
—Suélteme —siseó Elena, tropezando con sus propios tacones—. Puedo caminar sola.
—Cállese, señora —gruñó el guardia, arrastrándola por el pasillo de mármol hacia la salida principal