Elena Vargas se detuvo frente a las puertas giratorias de cristal del edificio en el distrito tecnológico del 22@ de Barcelona.
Su mano derecha se dirigió instintivamente hacia su bolso, buscando su tarjeta de identificación de nivel máximo, preparándose mentalmente para el ritual de seguridad: escáner de retina, arco de metales, guardias armados con miradas de perro de presa.
Pero su mano se detuvo en el aire.
No había guardias.
No había tornos de acero.
No había cámaras de reconocimiento faci