La oficina de la presidencia de Aurora Bio tenía la mejor vista de Barcelona. Desde la planta veinticinco, la ciudad se extendía como un circuito integrado de luces doradas y rojas, con la Sagrada Familia erigiéndose como un procesador central gótico.
Pero a Mía Torres, de catorce años, no le interesaba la vista.
Estaba sentada en el sillón ergonómico de Elena, que le quedaba un poco grande. Había girado la silla para dar la espalda al ventanal y enfrentar la pared de pantallas de datos.
Mía ll