El frío de la Sierra de Guadarrama no pedía permiso; entraba en los huesos con la familiaridad de un viejo enemigo. Eran las seis de la mañana y la escarcha cubría los campos como una sábana de diamantes rotos.
Carmen Vargas levantó el hacha por encima de su cabeza.
Exhaló una nube de vapor blanco.
Bajó los brazos con fuerza.
¡CRACK!
El tronco de encina se partió en dos mitades perfectas, que cayeron a ambos lados del tocón.
Carmen se limpió el sudor de la frente con el dorso de su guante de cu