El Parc de la Ciutadella de Barcelona estaba en su apogeo de un domingo por la mañana. Familias haciendo picnics, turistas remando torpemente en el lago artificial y músicos callejeros poniendo banda sonora al caos alegre de la ciudad.
Diego Salazar caminaba por uno de los senderos de tierra, con una mano en el bolsillo de sus vaqueros desgastados y la otra sujetando una correa extensible de color rojo.
Al final de la correa iba Paco.
Paco no era un perro de raza. No era un Doberman de segurida