El sol ya estaba alto sobre el horizonte, pero la verdadera luz no venía del este. Venía de la palma de la mano de Elena Vargas.
En la playa desierta, con las cenizas de los expedientes de Apex aún humeantes a sus pies, el teléfono de Elena brillaba con una intensidad que competía con el amanecer.
Rafael, Diego y Mía se agruparon a su alrededor, formando un escudo humano contra el viento matutino, atraídos por la gravedad de esa notificación póstuma.
Elena deslizó el dedo sobre la pantalla.
ACC