El mar Mediterráneo, a treinta millas de la costa de Cerdeña, era una lámina de cobalto perfecta, indiferente a la justicia de los hombres.
El yate Aeternitas, una bestia de acero y cristal de ochenta metros de eslora, flotaba en silencio, con los motores apagados, meciéndose suavemente al ritmo de las olas.
La paz del mediodía se rompió desde el cielo.
¡THWUP-THWUP-THWUP-THWUP!
Tres helicópteros negros de la Interpol aparecieron en el horizonte como avispas furiosas. El ruido de sus rotores hi