La justicia tiene un sonido muy particular. No es el golpe del mazo, ni el arrastrar de las sillas, ni el murmullo de la galería. Es el sonido del aire acondicionado zumbando sobre el silencio absoluto de cien personas conteniendo la respiración al mismo tiempo.
Tres días después de la caída de Arthur Lorden y del asedio en la prisión de Brians 1, la Sala de la Audiencia Nacional estaba abarrotada.
Pero esta vez, el ambiente era diferente.
No había la electricidad frenética del juicio contra Lo