El tiempo en la sala de visitas destrozada de la prisión Brians 1 parecía haberse detenido. Afuera, en el pasillo, se oía el rumor sordo de botas tácticas y voces de mando contenidas, pero dentro de ese cubo de cristales rotos, solo existía el sonido de un llanto desgarrador.
Carmen Vargas, la CEO de hielo, la arquitecta de Medusa, la mujer que había puesto en jaque a gobiernos y corporaciones, estaba hecha un ovillo en el suelo. Lloraba con un sonido gutural, feo y crudo. No lloraba por el dol