Clac.
El sonido fue pequeño, metálico y sorprendentemente nítido en medio del rugido de la turba.
Elena Vargas no había retrocedido. No había levantado los brazos para protegerse la cara de los golpes inminentes. En lugar de eso, se había quitado uno de sus pendientes de oro blanco y lo había dejado caer con fuerza sobre la mesa de madera astillada que servía de altar improvisado.
La mujer del abrigo rojo, que estaba a punto de agarrar a Elena por las solapas del jersey, se detuvo, confundida p