Azul.
Todo era azul.
Azul cobalto en los marcos de las puertas. Azul añil en los escalones desgastados por siglos de sandalias. Azul celeste en las paredes encaladas que parecían cerrarse sobre él como las paredes de una piscina vacía y vertical.
Diego Salazar cojeaba por el laberinto imposible de Chefchaouen, la Perla Azul de Marruecos.
Su bastón de madera negra golpeaba el empedrado con un ritmo sincopado y urgente. Cloc-arrastra-cloc.
El sudor le empapaba la camisa de lino que se pegaba a la