El sótano de la Iglesia de San Roque, en el barrio obrero del Raval, olía a humedad antigua, a cera de velas baratas y a café quemado servido en vasos de poliestireno.
No había lámparas de araña aquí. Solo tubos fluorescentes que parpadeaban con un zumbido intermitente, bañando la sala comunitaria en una luz verde enfermiza que acentuaba las ojeras de los presentes.
Doscientas sillas plegables de metal estaban ocupadas.
Doscientas personas rotas.
Elena Vargas estaba de pie sobre una tarima de m