La pared era blanca.
Ofensivamente blanca.
Un blanco de cáscara de huevo, liso, sin imperfecciones, sin retratos de antepasados juzgando desde marcos dorados, sin cámaras ocultas detrás de espejos trucados.
Elena Vargas estaba sentada en el suelo de parqué flotante, con las piernas cruzadas, mirando esa pared como si fuera un jeroglífico indescifrable.
Llevaba una camiseta de algodón grande que pertenecía a Rafael y unos pantalones de chándal grises. Hacía tres días que se habían mudado a este