Sofía se acercó a la puerta, su mano temblando ligeramente mientras buscaba el pomo. La curiosidad la impulsaba, pero una sombra de inquietud se asentaba en su pecho. Al girar la manija y abrirla, su mundo se detuvo en seco. La habitación estaba envuelta en un suave resplandor, y allí estaba Naven, con el torso desnudo y una toalla rodeándole la cintura.
El aire se volvió pesado. Sofía contuvo la respiración, sus ojos se agrandaron, y una oleada de calor le recorrió el rostro. El golpe de la re