Las paredes del despacho parecían más estrechas. El aire, más denso. Las luces, más agresivas.
Naven se inclinó sobre el lavabo del baño contiguo. El agua fría corría entre sus dedos temblorosos. Se había lavado la cara tres veces en los últimos quince minutos, pero las imágenes aún estaban allí.
El espejo le devolvía un rostro que apenas reconocía. Ojeras, tensión en la mandíbula, la mirada nublada.
—¿Qué me está pasando…? —susurró.
Cerró los ojos.
La voz volvió.
"No eres digno."
Se giró con f