El día había amanecido con una extraña claridad, y aunque la Residencia Fort solía ser silenciosa a esas horas, el leve bullicio de los empleados comenzaba a sentirse en los corredores principales. Sofía, en cambio, seguía en su departamento, todavía en pijama, con el cabello recogido en una coleta algo desordenada y la mente enredada en pensamientos que no lograba desenredar.
El timbre suave de la puerta la sacó de su concentración. Ares maulló desde el sofá, como si también se preguntara quié