La mañana había transcurrido con una aparente calma. Los rayos del sol se filtraban por las grandes ventanas de la Residencia Fort, y el aire tenía ese leve perfume a jazmines que parecía envolver toda la propiedad con una suavidad engañosa.
Sofía, aún con el corazón alterado por el desayuno inesperado con Naven, intentaba concentrarse en repasar su defensa. Los papeles estaban organizados sobre la mesa del salón, el té aún humeaba en la taza, y Ares dormía hecho un ovillo sobre el alféizar de