El silencio en el departamento era casi abrumador. La ausencia de sonidos, el vacío que se extendía por cada rincón, contrastaba con el bullicio de pensamientos que chocaban en la mente de Sofía. Llevaba más de diez minutos parada frente al refrigerador abierto, con una rebanada de pan en la mano y la otra apoyada en la puerta como si necesitara sostenerse de algo, aunque fuese tan frágil como el metal frío.
Cerró los ojos por un segundo, tratando de concentrarse.
—Solo haz un sándwich, Sofía.