El almuerzo había terminado hace ya varios minutos, pero ninguno de los dos se había levantado de la mesa.
El cielo parecía haberse teñido de un dorado suave, como si el sol también se hubiese enamorado de ese instante. El murmullo de los árboles y el leve sonido del viento acompañaban el silencio entre ellos, que ya no era incómodo, sino cargado de latidos ocultos.
Sofía aún no sabía si había hecho bien en decirle lo que sentía. No porque se arrepintiera, sino porque Naven aún no le había da