El tic-tac del reloj de pared resonaba como una suave letanía en la sala. El blanco de las paredes y el tenue zumbido de los monitores conformaban un silencio frío, casi quirúrgico, interrumpido solo por el ocasional murmullo de enfermeras y el débil sonido de otros recién nacidos en habitaciones vecinas.
Pero para Naven, el mundo se había reducido a un solo punto: la pequeña cuna transparente donde descansaba su hija y la puerta que lo separaba de su esposa.
Se encontraba sentado junto a la