Las horas posteriores al parto habían sido una mezcla de confusión, gritos, decisiones a contrarreloj… y un silencio demoledor. El silencio que habitaba ahora en los pasillos de la clínica, donde ni siquiera el murmullo de las enfermeras podía romper la tensión que flotaba en el aire.
Una de las puertas se abrió.
Un médico de bata blanca, rostro cansado y mirada contenida, caminó hacia la sala de espera donde Naven Fort, vestido de negro, parecía una estatua de mármol a punto de desmoronarse.
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