El motor del Maybach se apaga en el silencio sepulcral del garaje subterráneo de la mansión, pero la vibración de la violencia contenida sigue latiendo en las manos de Adrián mientras se baja del vehículo.
Sus nudillos, ligeramente enrojecidos y con el rastro casi invisible de una gota de sangre ajena que no alcanzó a limpiar del todo, son el testimonio mudo de lo que acaba de ocurrir en el descampado. Sube las escaleras con una calma que resulta más aterradora que cualquier estallido de ira,