El amanecer en la mansión Volkov no trae consigo la paz de un nuevo día, sino la densa bruma de una realidad que Valeria empieza a descifrar con una precisión que incluso a ella le asusta. Sentada a la inmensa mesa de mármol del comedor, observa cómo el servicio se mueve con una coreografía silenciosa, evitando el contacto visual, comunicándose apenas con inclinaciones de cabeza que denotan una jerarquía absoluta donde el miedo es el principal motor.
Adrián aparece en el umbral, ya vestido co